Compass
La reciente noticia de una ballena jorobada permaneciendo junto a su cría nacida muerta frente a la Costa Dorada es a la vez desgarradora y significativa. Los científicos fueron cautos a la hora de describir su comportamiento como duelo, a pesar del fuerte apego maternal documentado por los investigadores.
No podemos meternos en la mente de una ballena y saber con exactitud qué es lo que siente. Pero sus acciones nos dan algunas pistas. La cría yacía en el fondo del océano, y la ballena madre permanecía a su lado. Descendía una y otra vez hasta el pequeño cuerpo. Tocaba a su cría con la cabeza y la aleta pectoral. A veces descansaba junto a ella, mirándola a los ojos, manteniendo una vigilia que duraba horas.
Con todo, lo más impactante para mí sucedió apenas unas horas después de leer su historia.
Fui al prado a visitar a las ocho
ovejas que tenemos allí, pero al contarlas, sólo había siete.
Volví a contar. Siete cabezas curiosas frente a mí, cada una
ubicada según su particular tolerancia hacia mi presencia. Como
siempre, el señor Penguin, el más sociable del grupo, tomó la
delantera.
Aún siete.
Volví a inspeccionar el prado y por
fin encontré la oveja desaparecida, parcialmente oculta tras un
árbol.
Era North.
Había estado allí todo el tiempo,
siguiendo con sus ojos cada uno de mis movimientos. North es una de
las cuatro ovejas que recientemente encontraron refugio en nuestro
santuario: North, South, East y West [Norte, Sur, Este y Oeste]. Una
oveja mayor, veterana, pero, al parecer, con pocas razones para
confiar en manos humanas.
Mientras me acercaba, golpeó el suelo
con la pezuña. Se alejó lentamente y luego se detuvo. Parecía que
todo su ser le decía que huyese.
Todo su ser, salvo una parte.
Y entonces lo vi.
En el suelo, frente a ella, yacía un
pequeño cordero, su viva imagen. Por un instante fugaz, sentí la
alegría que siempre acompaña la visión de una nueva vida en este
lugar. Pero entonces me acerqué.
No se movió.
North se puso nerviosa, golpeando el
suelo con el pie. Su cuerpo parecía librar una batalla: entre el
deseo de ponerse a salvo lejos de mí y el impulso de permanecer
junto a aquella personita tendida bajo el árbol.
Ganó lo segundo.
Su cuerpo le impelía a distanciarse de
mí, pero ella no lo aceptaba. Porque alejarse de mí significaba
alejarse de él.
Su bebé.
Me acerqué con lentitud, hasta
arrodillarme por fin junto al pequeño cuerpo, aferrándome aún a
esa pequeña y estúpida chispa de esperanza que los humanos
parecemos albergar siempre en este tipo de circunstancias.
Pero estaba frío.
Su madre lo había lamido hasta dejarlo
impecable. Su cuerpecito lucía en paz, con sus piececitos intactos,
ajenos al contacto con la tierra. Aunque nunca había respirado, su
madre lo había cuidado con esmero.
Me quedé de cuclillas y North se
detuvo. Y juntas lo miramos. Una oveja que tenía pocos motivos para
confiar en una humana y una humana que deseaba desesperadamente poder
explicarle algo que ninguna de las dos podía cambiar.
En ese instante fugaz, no había nada
que hacer. Nada que arreglar. Nada que salvar.
Simplemente había una madre. Y su
bebé.
Así, me levanté y los dejé solos.
Lo que fuera que North estuviera
experimentando le pertenecía, y lo mínimo que podía ofrecerle
era espacio para que lo viviera. Horas después regresé, y de
nuevo sólo siete ovejas vinieron a recibirme. North volvió a faltar.
Seguía donde la había dejado. Sólo que ahora estaba acostada junto
a su cría.
El atardecer comenzaba a envolver el
día, y sabía que no podía dejar el cuerpecito allí durante la
noche. Un zorro podría encontrarlo y, por mucho que la naturaleza
acepte estas cosas, no podía soportar que la última experiencia de
North con su bebé fuera esa.
Así que me acerqué una vez más, y
North se mantuvo firme. De nuevo, su cuerpo albergaba esa lucha
imposible entre el miedo y el apego. Esta vez, con delicadeza,
levanté a su bebé, lo envolví en una manta y le puse nombre.
Compass [Brújula].
Y entonces me lo llevé.
Sintiendo la mirada de North sobre mi
espalda, me giré y la encontré con la mirada fija en el lugar en el que había
estado su bebé. Entonces, su suave balido me conmovió hasta las entrañas.
Hay sonidos que oyes. Y hay sonidos que
te penetran. Y creo que ese lo llevaré conmigo el resto de mi vida.
Los investigadores denominaron
"comportamiento atento post mortem" a lo que observaron en
la ballena. Se cuidaron de usar la palabra "duelo", como
suele ocurrir en el ámbito científico.
Pero estando allí, con North, me
pregunté si nuestro lenguaje no es a veces más cauto que las vidas
que se desarrollan ante nosotros. Una ballena desciende una y otra
vez al fondo del océano. Una oveja reprime todo instinto que le dice
que huya de un humano porque irse significa abandonar a su cría.
Una acaricia a su bebé, la otra lame
al suyo. Una permanece junto a un cuerpo bajo el mar, la otra yace
junto a un cuerpo bajo un árbol.
Madres diferentes. Mundos diferentes.
Y, sin embargo, la misma terrible
ausencia en ambas. No puedo decirte con exactitud lo que sentía la
ballena. Ni me atrevo tampoco a decirte con exactitud lo que sentía
North.
Pero puedo decirte lo que hicieron.
Se quedaron.
Quizá es ahí donde debería comenzar
nuestra comprensión de los demás animales. No preguntándonos si
sus emociones se parecen lo suficiente a las nuestras como para
merecer nombres comunes, sino prestando atención a lo que nos
muestran todo ese tiempo.
Nos conmueve profundamente ver a
ballenas, elefantes y otros animales salvajes llorando a sus crías.
Sus historias cruzan océanos para llegar hasta nosotros. Sin
embargo, mucho más cerca de casa están las ovejas, las vacas, los
cerdos y las cabras. Madres cuyos bebés mueren. Madres cuyos bebés
desaparecen. Y madres cuyos bebés les son arrebatados porque así lo
exigen los sistemas que hemos construido.
Sus pérdidas son tan corrientes y
numerosas que rara vez, o nunca, quedan registradas en la literatura
científica.
Pero la recurrencia no hace que la
pérdida sea menos dolorosa para quien la experimenta.
Esta noche, Compass yace envuelto en
una manta, listo para regresar a la tierra. Nunca siguió a North a
través de un prado, ni aprendió los matices de su voz instándolo a
que regresara a casa. Sin embargo, ella lo limpió, lo protegió y
permaneció a su lado.
Y cuando me lo llevé, lo llamó.
Hacia la ballena bajo el mar y hacia su
mamá, North, bajo aquel árbol. Y hacia las incontables madres cuyas
pérdidas ocurren más allá de nuestra mirada o nuestra percepción.
Pero no por ello dejan de estar ante nuestros ojos.
Quizá la pregunta nunca fue si los
animales pueden sentir duelo.
Quizá la pregunta sea si estamos
dispuestos a reconocerlo.
Pam Ahern, 19 de septiembre de
2026.



