La teoría demente


En un principio, los experimentos mostraron que los lobos no seguían el dedo humano para encontrar comida escondida. Los perros, en general, sí. Pero en los experimentos había una valla que separaba a los lobos del humano que señalaba. Los perros, por supuesto, no estaban encerrados y casi siempre tenían cerca a sus compañeros humanos de confianza. Cuando los investigadores igualaron el terreno de juego, los lobos lo hicieron tan bien como los perros; y sin entrenamiento1.

Los experimentos pueden ser muy útiles para estudiar el comportamiento, pero, a veces, las condiciones experimentales son tan artificiales (como los lobos entre vallas) que empañan las capacidades que pretenden investigar. Las decisiones y las conductas de la vida real no siempre pueden meterse en un experimento.
 
Cualquier ecologista que observe animales en libertad se maravilla ante la profundidad y los matices en sus maneras de enfrentarse al mundo y ante su soltura para escapar a la observación humana y dedicarse de pleno a sus asuntos: asegurar su supervivencia y la de sus crías.

Por otro lado, los estudios de laboratorio parecen más preocupados por «poner a prueba» conceptos académicos como «autoconsciencia» o, mi favorito, «teoría de la mente». No es que estas ideas, por ponerles un nombre, no sean útiles. Lo son. Lo que ocurre es que a los animales les traen sin cuidado las clasificaciones académicas y las condiciones experimentales. No les interesan las discusiones en torno a rebuscadísimas categorizaciones como, por ejemplo, si una nutria que aplasta una almeja con una piedra está usando una herramienta, pero una gaviota que suelta una almeja sobre una piedra no. A ellos les interesa sobrevivir. Pero algunos investigadores desmenuzan los conceptos en tal cantidad de elementos, que terminamos viendo el comportamiento como un pincho moruno. Así que en esta sección quiero que nos divirtamos un poco con algunos de los embrollos creados por los etólogos. Despejaremos cortinas de humo y desmontaremos mitos. Y la primera brocheta va para la «teoría de la mente».

La «teoría de la mente» —vaya manera de llamarlo— es una idea. A partir de ahí, qué es exactamente esa idea depende de a quién preguntemos. Naomi Angoff Chedd, que trabaja con niños autistas, me dice que se trata de «saber que los demás pueden tener pensamientos que difieren de los tuyos»2. Me gusta esta definición; es útil. Diana Reiss, la investigadora especializada en delfines, considera que es la habilidad de sentir que «creo que sé más o menos lo que estás pensando»3. Es diferente. En cambio otros afirman que es la capacidad de «leer la mente de los demás»4. Esto ya me parece un poco raro. La opción de la «telepatía» acapara mucha más atención, y sus defensores son los que más se lo creen. Vittorio Gallese, neurocientífico y filósofo italiano, ha escrito sobre «nuestras sofisticadas habilidades para leer la mente»5.

Yo no sé vosotros (supongo que es aquí donde quiero llegar), pero yo no puedo leer la mente de los demás. Como mucho podemos llegar a conjeturas fundadas, basándonos en la experiencia y en el lenguaje corporal. Si un desconocido con pinta un poco rara cruza la calle hacia nosotros, nuestro primer problema es que no podemos saber en qué están pensando. Si definimos la «teoría de la mente» como la aceptación de que alguien puede tener pensamientos diferentes a los tuyos, entonces, de acuerdo, funciona. Pero alegar que los humanos disponemos de unas «sofisticadas habilidades para leer la mente» es absurdo. Precisamente por algo preguntamos a los demás «¿qué tal?».

El término «teoría de la mente» fue acuñado por primera vez en 1978 por unos investigadores que estudiaban los chimpacés6. Haciendo gala de una abrumadora falta de perspicacia para entender qué contextos podrían resultar acertados para un chimpancé, o podrían tener algún tipo de sentido para ellos, mostraron a los simios grabaciones de actores humanos que intentaban alcanzar unos plátanos demasiado altos, o escuchar música con un radiocasete desenchufado, o que tiritaban porque la estufa no funcionaba, etcétera. Esperaban que los chimpancés señalaran la fotografía donde se creía la solución para demostrar que eran capaces de entender el problema del humano; por ejemplo, «una llama para la estufa que no funcionaba». No, no era una broma. Y si los chimpancés no seleccionaban la imagen apropiada, los investigadores declaraban que no entendían el problema de un actor humano en una cinta de vídeo y, por ende, no tenían «teoría de la mente». (Bien, imagínate que eres un mono, te meten en una habitación y te ponen un vídeo de un hombre que tirita al lado de una estufa; y, sin que nadie te explique el problema, el experimento o las utilidades del fuego, se espera de ti que escojas la llama. O, que sé yo, que eres Thomas Jefferson y te enseñan un vídeo de un tipo que intenta encender un tocadiscos desenchufado. No tienes ni idea de qué estás viendo.) En décadas posteriores, con muchos más estudios de por medio, los expertos en este campo sugirieron, al fin, que podía ser que esos resultados estuvieran sesgados por las condiciones experimentales. La ciencia progresa. Bravo.

Hasta ahora, algunos científicos otorgan las habilidades de la «teoría de la mente» (o sea, reconocer que los demás pueden tener pensamientos y motivaciones diferentes a las tuyas) a los simios y los delfines. Unos pocos, también a los elefantes y los cuervos. Algún que otro investigador ha admitido a los perros. Pero muchos siguen emperrados en que la teoría de la mente es «exclusivamente humana». Incluso cuando estaba redactando esto, la periodista científica Katherine Harmon escribió: «En casi todas las especies animales, los científicos no han conseguido ver ni un atisbo de pruebas»7.

¿Ni un atisbo? Yo diría que están ciegos. Quienes no encuentran pruebas es que no prestan atención. Frans de Waal sí que la presta. Según dice, las travesuras de los chimpancés que se lo pasan bomba rociando con agua a los confiados visitantes de los zoos reflejan «una vida interior compleja y familiar»8.

Al fin y al cabo, que los investigadores crean o no que los chimpancés, los perros, u otros animales «tienen teoría de la mente» es lo de menos. Lo que cuenta es: ¿qué tienen y cómo lo tienen? ¿Qué hacen nuestros perros? ¿Qué les motiva a hacerlo? En vez de empeñarnos en que simios y perros sigan la mirada humana, será más interesante que nos interroguemos sobre cómo se dirigen entre ellos.

A los humanos se nos da mejor interpretar a los humanos que a los perros. A los delfines, delfines. A los chimpancés, chimpancés. Juzgamos que ese extraño con el que nos cruzamos es bueno o malo en función de su lenguaje corporal. Lo mismo hacen nuestros perros. Otros animales son excelentes lectores de lenguaje corporal. Puede que se estén jugando la vida, y no tienen la posibilidad de hacer preguntas. Maddox, nuestra mapache huérfana (la alimentamos con biberón desde pequeña, pero nunca vivió en una jaula, siempre al aire libre), captaba mis pensamientos en cuanto se me ocurrían, sin que yo me diese cuenta de qué pista podía estar facilitándole. Por ejemplo, de pronto se erizaba y me daba la espalda, y coincidía que yo acababa de pensar que era hora de dejar de jugar y sacarla de la cocina. Me gustaba hacer bromas con que tenía una mapache adivina. (Puede que el modo en cómo la miraba tuviera algo que ver, pero el caso es que no se le escapaba nada. Ni a sus dientes, por cierto.)

Si observas cómo los animales en libertad se enfrentan al mundo en sus propios términos, descubrirás la riqueza de sus habilidades mentales. Puedes empezar por esos que corretean cerca de tu casa, te miran con ojos suplicantes y aguardan tu respuesta.

Preparo el café por la mañana. Como hace un poco de frío, abro la persiana y cierro la contraventana; suena el teléfono, respondo. Chula sigue todos mis movimientos, busca en mis ojos cualquier indicio de voluntad de interactuar, o tal vez un movimiento hacia la lata de sus galletitas. Ella no entiende de café, ni de persianas, ni de teléfonos. Pero un ser humano de gran parte de nuestra historia, un indio norteamericano de una tribu virgen en 1880, o un cazador-recolector de hoy en día tampoco entenderían lo que acabo de hacer. La diferencia entre el loco de mi perro y Caballo Loco es que él podría haber aprendido todo lo que he hecho (y tal vez viceversa). Pero, una vez más, no se trata de saber si los perros son como nosotros. Se trata de saber cómo son ellos mismos. Lo interesante es preguntar: ¿cómo son?Nuestra hija Alexandra, de veinte años, ve a Jude, nuestro otro perro, que se acerca a la puerta mosquitera e indica su deseo de pasar. Normalmente, nuestros perros están juntos, ya sea dentro o fuera, pero ahora resulta que Chula ya está en casa cuando Jude se planta frente a la puerta. Alex observa la escena y la describe así:

«Jude gimoteaba para que lo dejase entrar. Chula se acercó a la puerta y lo miró como diciendo: '¡Ja!', como cuando le hace rabiar antes de empezar a jugar; luego puso la pata sobre el pomo, pero con mucha delicadeza, igual que haría una persona para abrir; y le abrió la puerta, se di la vuelta y regresó al hueso ue estaba chupando. Sabía lo que hacía. Para cuando Jude estuvo dentro, Chula ya estaba a lo suyo. Sólo se levantó para abrir la puerta, en plan: 'Bueno, venga, pasa'. Lo más interesante recalca Alex fue cómo le abrió la puerta, se dio media vuelta y regreso a sus ocupaciones, exactamente igual que habría hecho yo misma.» 
 
Cogemos los abrigos y Chula y Jude se alteran. Tienen la esperanza (me atrevo a decir) de que los vamos a sacar a dar una vuelta. Abro la puerta y digo «coche», salen corriendo y saltan al maletero. 

Al llegar al río los soltamos. Evidentemente, les encanta. Un cisne las observa correr junto a la orilla. Pasito a paso se adentra en el agua, chapoteando lo justo para estar fuera de su alcance. Los perros se meten en el río, con el agua hasta la barriga, y le ladran. El cisne no se deja llevar por la corriente, no avanza, no huye. O no tiene intención de moverse de ese punto, o está provocando a los perros, o no logra decidirse entre retarlos y marcharse de allí. Pero no estamos en época de anidación y los cisnes no muestran comportamientos territoriales entre ellos. Parece que lo que quiere es provocar a los perros. Pero ¿para qué? No tengo ni idea de por qué se queda ahí plantado, pero supongo que él la tendrá. ¿Será ese su concepto de diversión?

Chula sospesa sus opciones de llegar hasta el cisne. Se nota que están intentando decidir qué hacer. Se adentra un poco más hasta que casi no toca el fondo, y se da cuenta de que por ahí no va bien. El cisne ha entendido perfectamente que a Chula no le saldría bien la jugada, pues la mira fijamente, a cuatro brazadas de ella, sin mover una sola pluma. Un minuto después, los perros parecen comprender que no van a obtener más diversión de eso, así que chapotean hasta la orilla y se rebozan por el suelo.

El cisne no sólo acaba de demostrar que entendía que debía mantenerse alejado de los perros, sino que era consciente de las limitaciones de éstos para moverse dentro del agua. Sabe utilizar el agua para protegerse desde una distancia que en tierra habría resultado insignificante, ya que los perros lo habrían alcanzado en dos brincos, ta vez en medio segundo. El cisne ha demostrado teoría de la mente y dominio del medio.

Río abajo, Chula salta de nuevo al agua, cerca de unos ánades azulones. También ellos se adentran en aguas más profundas, pero no salen volando. A unos cien metros de allí siguiendo la orilla, empieza el río que desemboca en el estrecho de Long Island. Entre medias, vario centenares e porrones bastardos (otro tipo de patos) se sumergen en busca de mejillones. Ignoran a los perros. Pero cuando divisan cuatro humanos a lo lejos salen volando en estampida, se alejan del río a la bahía. Y cuando la bandada pasa sobre otros grupos de porrones y de patos havelda, éstos también alzan el vuelo y salen huyendo despavoridos hacia el mar.

¿Por qué un pato apenas se molesta en chapotear para alejarse del lobo, su eterno enemigo (aunque en su forma domesticada), y entra en pánico por la simple aparición de seres humanos en una orilla lejana? Porque los patos entienden tanto los límites de los perros como que los seres humanos pueden matar desde muy lejos. Por eso. Saben que una mente humana puede tener intención de infligir daño y poseen cierto concepto de la muerte, el ataque o un peligro grave. Y puesto que durante millones de años de evolución no han estado en contacto con las armas, su certera evaluación de las distancias de seguridad que deben mantener con perros y humanos es una habilidad adquirida y reciente. Entonces, ¿puede decirse que «tienen» teoría de la mente? Cuanto más aparente es la variabilidad de percepciones y de comportamientos, menos interés tiene esa pregunta. Qué hacen las aves y por qué lo hacen; eso es lo interesante.

Cuando volvemos a casa, seco a Chula con una toalla. Su pelo está lleno de tierra, empapado de agua salobre. Se deja hacer, pero no le gusta. En cambio Jude, tan pronto me ve desdoblar la toalla, viene de cabeza, meneando la cola, soltando mordiscos al aire aleatoriamente mientras se contonea como si fuera un fantasma de felpa. Le encanta jugar a la gallinita ciega. Consiste en que yo le agarre y le suelte el hocico mientras él muerde a ciegas. Si le quito la toalla, deja de mordisquear e intenta ocultarse bajo la toalla de nuevo. A Chula este juego no le despierta ningún interés. Como tampoco Jude cuando hace estas tonterías.

Más tarde, en el jardín que rodea nuestra casa, los perros se persiguen en un juego totalmente innecesario. Intentan engañarse el uno al otro mientras echan carreras alrededor del cobertizo o de la casa. Chula intenta acelerar para pillar a Jude, pero Jude se detiene para ver de qué lado viene Chula. Saben lo que está pasando, da la impresión de que entienden que el otro les intenta engañar. Eso también es «teoría de la mente». Uno evalúa lo que piensa el otro, ambos dejan claro que saben que pueden inducir al otro a error para hacerle creer que aparecerá por otro lado. Puesto que se trata de un juego, tiene tanta inteligencia como humor. (A menos que sean un par de máquinas que interactúan, desprovistas de sensaciones ni percepciones. Algunos insisten hasta la saciedad en que «no podemos estar seguros». A eso me refiero con negación.)

Un perro que nunca haya visto una pelota no se la devolverá a una persona y la depositará a sus pies. Sin embargo, uno que ya tenga mucha experiencia, vendrá a invitarte a jugar. Prevén el juego, elaboran un plan para iniciarlo y lo llevan a cabo con un compañero humano que saben que lo entenderá. Teoría de la mente.

Cualquier perro que te hace la reverencia del juego te está invitando, a sabiendas de que puede que aceptes. (Esta postura no es exclusivamente canina; Maddox la mapache también nos solía comunicar sus ganas de jugar con este mismo gesto.) Los perros y otros animales no hacen esta reverencia a un árbol, ni a una silla, ni a ningún objeto inanimado. La primera vez que lancé una pelota a Emi, nuestro cachorro, le hizo la reverencia del juego. Dio por hecho que cualquier cosa que se moviera por el suelo debía de estar viva. Sólo lo hizo una vez. Enseguida comprendió que este nuevo objeto tan maravilloso era un ser inanimado, del que no podía esperar ni una respuesta consciente ni un juego voluntario. Por lo tanto, no merecía ni invitación ni consideración, y podía morderlo, lanzarlo y golpearlo a su antojo.

En una ocasión, Chula ladró a un perro de hormigón de tamaño real, pero ni una más; su olfato debió de decirle que la forma la había engañado. Un perro, o un elefante, suele validar la autenticidad de las cosas por el olor. Un perro al que le gusta cazar conejos olisqueará muy por encima un conejo de porcelana. Obviamente, reconoce el aspecto de conejo, pero es demasiado listo como para que le den el cambiazo. Para un perro, aunque tenga pinta de pato y haga cuac, a menos que huela a pato, no lo es.

Estas anécdotas ponen de manifiesto que los perros disponen de la astucia necesaria para discernir entre aquello que posee una mente, y aquello que no. Teoría de la misma. En un laboratorio no podemos meter un cisne que nada, ni a unos patos que bucean. En lugar de «poner a prueba» a los animales en escenarios artificiales con artilugios donde no pueden ser ellos mismos, deberíamos limitarnos a definir el concepto que nos interesa y después observarlos en condiciones de libertad adecuadas a sus vidas. ¿Han demostrado entender que los demás tienen pensamientos y hacen cosas diferentes y que también se les puede engañar? Sí. Sucede constantemente a nuestro alrededor, veinticuatro horas al día, siete días a la semana; salta a la vista. Pero hay que tener los ojos abiertos. Los psicólogos y etólogos que trabajan en los laboratorios parecen ignorar, con frecuencia, cómo funciona la percepción en el mundo real. Cómo me gustaría que salieran, observaran y se divirtieran un poco.

Carcajadas e ideas descabelladas

Las búsqueda de vida inteligente en la Tierra genera no pocas carcajadas en su proceder. Una investigadora amante de los perros grabó en vídeo durante dos años a los perros del parque de un barrio antes de llegar a las siguientes conclusiones. Si un perro quería jugar con otro perro que estaba frente a él, normalmente llevaría a cabo la «invitación al juego» (la típica reverencia: cuartos delanteros agachados y cuatros traseros levantados). Pero si el perro con el que e can juguetón quería retozar estaba mirando para otro lado, el juguetón primero intentaba captar la atención el otro, por ejemplo, con una pata o ladrando. En uno de esos momentos de avance científico, la investigadora nos cuenta: «Parecen estar reaccionando ante estados cognitivos específicos»9. Dicho de forma sencilla: tras dos años analizando las grabaciones, descubrió que un perro es capaz de distinguir la cara de culo de otro perro. Permitidme decir esto: el trasero de un perro no es un «estado cognitivo específico». ¿Por qué no decir simplemente que los perros llaman la atención de los demás antes de invitarles a jugar? ¿Es demasiado obvio para parecer científico?

Tan sólo unos minutos después de empezar a buscar literatura académica sobre la teoría de la mente, me topé con el típico estudio reciente. Se titulaba «Sobre la falta de pruebas que demuestren que los animales no humanos poseen nada ni remotamente semejante a una 'teoría de la mente'» y lo publicaba la revista Philosophical Transaction of the Royal Society. El artículo empieza así: «La teoría de la mente implica la capacidad de hacer inferencias válidas sobre el comportamiento de otros agentes basándose en representaciones abstractas y teóricas de la relación causal entre estados mentales no observables y situaciones observables». (Traducción: mediante la observación del comportamiento del otro, podemos hacer conjeturas sobre lo que podría estar pensando.) Y sigue así: «Somos completamente agnósticos (al menos para lo que aquí nos atañe) respecto a si los estados de un organismo son modales o amodales, discretos o continuos, simbólicos o conexionistas, o incluso respecto a cómo logran obtener las cualidades representativas o informativas con las que empezar. […] Por supuesto, existe un sinfín de otros factores que también contribuyen a dar forma al comportamiento de un organismo biológico».

Seguramente soy capaz de entender ese estudio... pero la verdad es que no quiero.

Dos personas de la Universidad Rutgers (en la que me doctoré, lo que me predispone a su favor) han publicado una reseña titulada «Leer la propia mente: una teoría cognitiva sobre la autoconsciencia». Allá vamos: «Comenzaremos examinando la que probablemente sea la explicación más ampliamente compartida sobre la autoconsciencia: la teoría de la teoría (TT)10. La idea fundamental de la TT de la autoconsciencia es que el acceso de cada uno a su propia mente depende del mismo mecanismo cognitivo que desempeña un papel central en la atribución de estados mentales a los demás. […] Los teóricos de la teoría defienden que la TT está respaldada por pruebas relacionadas con el desarrollo psicológico y las psicopatologías. […] Tras presentar nuestros argumentos contra la TT y a favor de nuestra teoría, consideraremos otras dos teorías de la autoconsciencia presentes en la literatura reciente».

¡No, gracias! La teorización sobre la teoría parece un sustituto paupérrimo frente a la observación real de los seres vivos actuando a sus anchas.

La teoría de la mente es probablemente el concepto al que más bombo se le ha dado en la psicología humana, así como el aspecto más infravalorado y frecuentemente negado de las mentes no humanas. Todos hemos estado en relaciones en las que hemos pensado «no sé a qué atenerme con ella» o «no sé qué esperar de él».

Como ya dijo John Locke en el siglo XVII, «la mente de un hombre no puede penetrar el cuerpo de otro hombre»11. El pintor Paul Gauguin escribió de su esposa tahitiana de trece años: «Me esfuerzo por ver y pensar a través de esta niña». Joni Mitchell cantó: «No existe la compresión, / por mucho que puedas acercarte / al hueso, a la piel, a los ojos, a los labios, / y aun así sentirte solo». El poeta romano Lucrecio, en lo que W.B. Yeats calificó como «la mejor descripción del acto sexual jamás escrita» (no digamos una buena traducción), comentó con tono sombrío:

«Entonces se aprietan con avidez, unen las bocas, el uno respira el aliento del otro, los dientes contra sus labios; todo en vano, pues nada pueden arrancar de allí, ni penentrar en el cuerpo y fundirlo con el suyo […]

Sin poder descubrir artificio que venza su mal; así, en profundo desconcierto, sucumben a su llaga secreta.»

«La tragedia del acto sexual —bramó Yeats— es la virginidad perpetua del alma». Paul Valéry, otro poeta, observó que «el intercambio de cosas humanas entre los hombres exige que los cerebros sean impenetrables». Alabados sean los poetas por ser buenos científicos. El científico Nicholas Humphrey afirma: «No existen puertas entre una consciencia y otra. Todo el mundo conoce de forma directa sólo su propia consciencia ¡y no la de ningún otro!».

Si quiero pillarte por sorpresa o fantasear mientras coqueteo o robarte algo, es fundamental que mi mente sea ilegible. Cuanto más pudiésemos abrir nuestra mente a los demás, más necesitaría nuestro cerebro encontrar la forma de plantar cara y cerrar la puerta. Así que de acuerdo, observamos, influimos, pero al fin y al cabo lo que hacemos es conjeturar. Eso es lo máximo que somos capaces de hacer. Podemos escoger entre exponernos u ocultar nuestras cartas, pero la elección es nuestra.

Los chimpancés tienen fundamentalmente una teoría de la mente chimpancé, por decirlo de algún modo; los delfines, de la mente delfín. Los humanos a menudo tienen dificultades para comprender incluso las necesidades humanas y para predecir las acciones de otras personas. Y los humanos que suponen que los demás animales ni siquiera son conscientes (o que no tienen en cuenta su capacidad de experiencia consciente) demuestran lo defectuosas que son nuestras habilidades en teoría de la mente.

En Japón y en las islas Feroe hay gente que mata delfines y calderones atravesándoles la espina dorsal con barras de acero mientras chillan aterrorizados por el dolor y se retuercen agonizantes. (En Japón, es ilegal matar vacas y cerdos de una forma tan dolorosa e inhumana como en la que se mata a los delfines.) La falta de compasión por los delfines y las ballenas indica que la teoría de la mente de los humanos es incompleta. Sufrimos un déficit de empatía, una falta de compasión. La violencia y los malos tratos de unos humanos contra otros, y el genocidio étnico o religioso están demasiado presentes en nuestro mundo. Ningún elefante pilotará jamás un avión de pasajeros, ni lo pilotará jamás contra el World Trade Center. Estamos capacitados para mostrar una compasión mayor, pero no estamos totalmente a la altura de nosotros mismos. ¿Por qué los egos humanos parecen sentirse tan amenazados por la idea de que otros animales piensan y sienten? ¿Es porque al reconocer la mente del otro resulta más difícil abusar de ellos? Parecemos inacabados y a la defensiva. Quizá ser incompletos es una de las cosas que «nos hace humanos».

Mientras que hay personas que parece incapaces de reparar en las mentes de los animales no humanos, hay otras que ven mentes humanoides en todas partes12. Nuestras mentes distinguen automáticamente rostros humanoides en cosas como las nubes, la luna o incluso la comida. Muchos creen que las rocas, los árboles, los arroyos, los volcanes, el fuego y otras cosas tienen pensamientos, que todas las cosas tienen mente y las habitan espíritus que podrían actuar a nuestro favor o en nuestra contra. A esto se le llama «pampsiquismo». La religión que deriva de esta presuposición humana primaria es el panteísmo. Es común entre los pueblos tribales de cazadores y recolectores, y también permanece sana y salva en la vida moderna. En la cima del monte Kilauea, en Hawai, he visto ofrendas de dinero y alcohol depositadas allí por personas que piensan que los volcanes contienen un dios que observa, concede favores y a veces actúa de forma vengativa. Si no le prestas atención, despertarás su ira. Con un poco más de whisky unos cuantos dólares más, flores, comida y un cerdo asado de vez en cuando, puede que Pele, la feroz diosa del volcán, se aplaque. Y esto ocurre en Estados Unidos, donde cualquiera puede darse una vuelta por el centro de interpretación y aprender unas nociones de geología volcánica. (Los guardas del parque les piden a los visitantes que no dejen más ofrendas de comida, dinero, flores, incienso y alcohol en Kilauea porque, en resumen, las ofrendas son claramente más apreciadas por las ratas, las moscas y las cucarachas que por la diosa.)13 Por lo que parece, para nosotros creer profundamente en lo sobrenatural es de lo más natural.

«Los animales no humanos pueden llegar a creencias basadas en pruebas —escribe la filósofa Christine M. Korsgaard—, pero hay que ir un paso más allá para ser el tipo de animal capaz de preguntarse si las pruebas justifican realmente la creencia, y por lo tanto capaz de ajustar las propias conclusiones en conecuencia»14. Aun así, está demostrado que son muchos los humanos que son incapaces de preguntarse si las pruebas justifican sus creencias y, por ende, ajustar sus conclusiones. Otros animales son unos magníficos realistas consumados. Sólo los humanos se aferran de forma inamovible a dogmas e ideologías que muestran una total independencia de las pruebas, aun cuando todas las pruebas defiendas los contrario. La gran línea divisoria entre la racionalidad y la fe depende de que algunas personas opten por la fe y no por la racionalidad, y viceversa.

Las acciones y creencias de otros animales se basan en la evidencia; no creen nada a menos que las pruebas lo justifiquen. Otros animales atribuyen la consciencia sólo a cosas que son realmente conscientes. Un perro es capaz de ladrar para despertar a alguien que duerme en el sofá de la sala de estar, pero jamás pedirá ayuda al propio sofá, o a un volcán. Discriminan con facilidad las cosas vivas de los objetos inanimados e incluso de los impostores. Es cierto, algunos señuelos y llamadas empleados por hábiles cazadores engañan a los patos que pasan hasta el punto de lograr que se desvíen y se pongan a tiro de escopeta, pero la estratagema ha de ser muy elaborado o, de lo contrario, funcionaría. Los peces pueden resultar muy difíciles de engañar, incluso con cebos artificiales diseñados para tener el mismo aspecto y actuar de la misma forma que el reclamo real.

Hace años, mientras trabajaba en una investigación que implicaba el etiquetado de halcones migratorios, logré atraer a los halcones hasta mi red con estorninos vivos amarrados. A los asustados estorninos no les gustó mi invento, ni a mi tampoco, así que até un estornino de trapo a una cuerda, con las alas en posición de vuelo, detrás de la red. Es obvio que, en la naturaleza, absolutamente cualquier cosa que parezca un pájaro, esté cubierto de plumas, tenga un ojo reluciente y se mueva de arriba abajo es un pájaro. Aun así, el ave de trapo jamás engañó ni a un solo halcón; todos lo calaron con un simple vistazo, adivinaron que no era real y no le hicieron caso. Es algo impresionante. Otros animales son extraordinariamente hábiles a la hora de identificar y reaccionar ante depredadores, rivales y amigos. Nunca actúan como si creyesen que los ríos a los árboles están habitados por espíritus que vigilan. De todas estas formas, los demás animales demuestran sin parar que tienen los conocimientos básicos para saber no sólo que viven en un mundo rebosante de otras mentes, sino también cuáles son los límites de éstas. Su capacidad de comprensión parece más perspicaz, pragmática y, francamente, mejor que la nuestra a la hora de distinguir lo falso de lo real.

Por lo que me pregunto: ¿tienen realmente los humanos una teoría de la mente más desarrollada que la del resto de animales? Las personas que ven unos dibujos animados en los que no aparece nada más que un círculo y un triángulo que se mueven e interactúan casi siempre infieren una historia, en la que aparecen motivos, personalidades y géneros. Los niños les hablan a los muñecos durante años, creyendo a medias (o del todo) que el muñeco oye y siente y es un confidente de fiar. Muchos adultos les rezan a estatuas, creyendo con fervor que los escuchan. Cuando era adolescente, nuestros vecinos de al lado (estadounidenses nacidos y criados en Nueva York) tenían estatuilllas religiosas en todas las habitaciones excepto en su dormitorio, para evitar que la Virgen fuese testigo de la lujuria humana. Todo esto indica una extendida incapacidad humana a la hora de distinguir las mentes conscientes de los objetos inanimados, y la evidencia del disparate.

Los niños hablan a menudo con un amigo totalmente imaginario que ellos creen que escucha y piensa. El monoteísmo podría ser la versión adulta. Poblamos nuestro mundo de fuerzas y seres conscientes imaginarios, buenos y malos. Hoy día, la mayor parte de las personas cree contar con la ayuda o las trabas de familiares fallecidos, ángeles, santos, guías espirituales, demonios y dioses. En las sociedades tecnológicamente más avanzadas y más informadas, la mayoría de las personas da por descontado que hay espíritus incorpóreos que las vigilan, las juzgan y actúan sobre ellas. Casi todos los lideres de las naciones modernas confían en la posibilidad de pedirle a un dios celestial que proteja a su país durante los desastres naturales y los conflictos con otras naciones.

Todo esto no es más que una teoría de la mente desbocada, como una manguera antiincendios descontrolada, que rocía a todo el universo de una supuesta consciencia. La teoría de la mente pretendidamente superior de los humanos es en parte una patología. La tan trillada expresión «los humanos son seres racionales» es probablemente la mayor verdad a medias sobre nosotros mismos. Existe en la naturaleza una sensatez preponderante y a menudo, en la humanidad, una insensatez que la desautoriza. Nosotros, de entre todos los animales, somos los que con más frecuencia nos mostramos irracionales, tergiversadores, ilusos e inquietos.

Aun así, también me pregunto: ¿es también nuestra capacidad patológica para generar creencias falsas, para elucubrar sobre lo que no existe, el verdadero origen de la creatividad humana? ¿Es nuestra tendencia a imaginar, e incluso a aferrarnos a lo falso, la base de todo nuestro espíritu inventor?

Quizá el creer en cosas falsas sea un aspecto indisociable de nuestra peculiar y curiosamente brillante capacidad de concebir lo que aún no existe, y de imaginar un mundo mejor. Nadie ha explicado de dónde surge la creatividad, pero algunas mentes humanas lanzan chispazos de ideas nuevas, como un tren con una rueda atascada. No es la racionalidad lo que es exclusivamente humano, sino la irracionalidad, la capacidad fundamental de concebir lo que no existe y de perseguir ideas imposibles.

Tal vez otros animales no tengan que manipular la lógica porque sus acciones son lógicas. No necesitan herramientas porque son autosuficientes con sus capacidades particulares. Tal vez los humanos necesitemos la lógica y las herramientas porque sin ellas no sabemos sobrevivir, y en cierto modo somos incapaces de salir adelante tal como somos. Tal vez todo esto se intuya en la historia de la caída de Adán, el precio que hay que pagar por pasar de ser criaturas independientes como el resto a ser criaturas que necesitan una nueva vía para acceder a nuevos conocimientos, de forma que, con mucho oficio y esfuerzo, nuestras capacidades inconfundiblemente humanas puedan remediar nuestras flaquezas inconfundiblemente humanas.

La perspectiva, compartida en diverso grado con otros simios, perros y lobos, delfines, cuervos y unas cuantas criaturas más, se basa en la capacidad de ver lo que no está, o de darle la vuelta para dirigirse a casa o de esperar al compañero que acaba de desaparecer. Quizá la profundidad de la perspectiva humana venga con unos genes que nos conceden la habilidad no sólo de imaginar lo que no está, sino de insistir en ello, de sostener con fervor y perseguir creencias infundadas. ¿Qué es más irracional que una melodía inexistente, o el sueño humano de poder volar, o mantener fija la luz de una imagen, o capturar una actuación musical para poder escucharla una y otra vez, o bucear en aguas profundas y respirar bajo el agua? ¿Quién podía haber imaginado tales cosas? Quién si no.

El el mismo lote que esa singular capacidad de imaginar se incluye la pura genialidad y la locura absoluta. Y puede que, más que cualquier otra cosa, lo que «nos hace humanos» no sea más que nuestra capacidad de generar ideas descabelladas.

Carl Safina, 2015.

REFERENCIAS
        1 Udell, M.A.R. «Wolves Outperform Dogs...», pp. 1767-73.
        2 Conversación personal con la experta en autismo Noami Angoff Chedd, 2014.
        3 Reiss, D., Dolphin in the Mirror, p. 185.
        4 Call, J. y Tomasello, M. (2008): «Does the Chimpanzee Have a Theory of Mind? 30 Years Later», Trends in Cognitive Sciences, 12(5), pp. 187-92. Véase también Whiten, A. (1996): «When Does Smart Behaviour-Reading Become Mind-Reading?» en Theories of Theories of Mind, editado por Carruthers, P. y Smith, P.K., Nueva York, Cambridge University Press, pp. 277-92.
        5 Gallese, V. (2007): «Before and Below 'Theory of Mind': Embodied Simulation and the Neural Correlates of Social Cognition», Philosophical Transactions of the Royal Society B. 362 (1480), pp. 659-69.
        6 Premack, D. y Woodruff, G. (1978): «Does the Chimpanzee Have a Theory of Mind?», Behavioral and Brain Sciences, 1(4), pp. 515-26.
        7 Harmon, K. (2012): «The Social Genius of Animals», Scientific American Mind, 23, pp. 66-71.
        8 De Waal, F., Primates and Philosophers, p. 67.
        9 Harmon, K. (2012): «The Social Genius of Animals», Scientific American Mind, 23, pp. 66-71. Véase también Horowitz, A. (2011): «Theory of Mind in Dogs?» Learning and Behavior, 39(4), pp. 314-17.
        10 Nichols, S. y Stich, S. (2005): «Reading One's Own Mind: A Cognitive Theory of Self-Awareness», en New Essays in Philosophy of Language and Mind, editado por M. Ezcurdia, R. Stainton y C. Viger, pp. 297-339. Canadá: University of Calgary Press.
        11 Citado en Humphrey, N. (2007): «The Society of Selves», Philosophical Transactions of the Royal Society B, 362, pp. 745-54.
        12 Berrett, L., P. Henzi y D. Rendall (2007): «Social Brains, Simple Minds: Does Social Complexity Really Require Cognitive Complexity?», Philosophical Transactions of the Royal Society B, 362, pp. 561-75.
        13 Associated Press (2007): «Hawaii Aims to Deter Volcano Offerings», Washington Post, 21 de abril.
        14 «Morality and the Distinctiveness of Human Action», en De Waal, F., Primates and Philosophers, p. 114. 
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Fuente 
original: Mentes maravillosas

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