La teoría demente
En un principio, los experimentos
mostraron que los lobos no seguían el dedo humano para encontrar
comida escondida. Los perros, en general, sí. Pero en los
experimentos había una valla que separaba a los lobos del humano que
señalaba. Los perros, por supuesto, no estaban encerrados y casi
siempre tenían cerca a sus compañeros humanos de confianza. Cuando
los investigadores igualaron el terreno de juego, los lobos lo
hicieron tan bien como los perros; y sin entrenamiento1.
Los experimentos pueden ser muy útiles
para estudiar el comportamiento, pero, a veces, las condiciones
experimentales son tan artificiales (como los lobos entre vallas) que
empañan las capacidades que pretenden investigar. Las decisiones y
las conductas de la vida real no siempre pueden meterse en un
experimento.
Cualquier ecologista que observe
animales en libertad se maravilla ante la profundidad y los matices
en sus maneras de enfrentarse al mundo y ante su soltura para escapar
a la observación humana y dedicarse de pleno a sus asuntos: asegurar
su supervivencia y la de sus crías.
Por otro lado, los estudios de laboratorio parecen más preocupados por «poner a prueba» conceptos académicos como «autoconsciencia» o, mi favorito, «teoría de la mente». No es que estas ideas, por ponerles un nombre, no sean útiles. Lo son. Lo que ocurre es que a los animales les traen sin cuidado las clasificaciones académicas y las condiciones experimentales. No les interesan las discusiones en torno a rebuscadísimas categorizaciones como, por ejemplo, si una nutria que aplasta una almeja con una piedra está usando una herramienta, pero una gaviota que suelta una almeja sobre una piedra no. A ellos les interesa sobrevivir. Pero algunos investigadores desmenuzan los conceptos en tal cantidad de elementos, que terminamos viendo el comportamiento como un pincho moruno. Así que en esta sección quiero que nos divirtamos un poco con algunos de los embrollos creados por los etólogos. Despejaremos cortinas de humo y desmontaremos mitos. Y la primera brocheta va para la «teoría de la mente».
Por otro lado, los estudios de laboratorio parecen más preocupados por «poner a prueba» conceptos académicos como «autoconsciencia» o, mi favorito, «teoría de la mente». No es que estas ideas, por ponerles un nombre, no sean útiles. Lo son. Lo que ocurre es que a los animales les traen sin cuidado las clasificaciones académicas y las condiciones experimentales. No les interesan las discusiones en torno a rebuscadísimas categorizaciones como, por ejemplo, si una nutria que aplasta una almeja con una piedra está usando una herramienta, pero una gaviota que suelta una almeja sobre una piedra no. A ellos les interesa sobrevivir. Pero algunos investigadores desmenuzan los conceptos en tal cantidad de elementos, que terminamos viendo el comportamiento como un pincho moruno. Así que en esta sección quiero que nos divirtamos un poco con algunos de los embrollos creados por los etólogos. Despejaremos cortinas de humo y desmontaremos mitos. Y la primera brocheta va para la «teoría de la mente».
La «teoría de la mente» —vaya
manera de llamarlo— es
una idea. A partir de ahí, qué es exactamente esa idea depende de a
quién preguntemos. Naomi Angoff Chedd, que trabaja con niños
autistas, me dice que se trata de «saber que los demás pueden tener
pensamientos que difieren de los tuyos»2. Me gusta esta
definición; es útil. Diana Reiss, la investigadora especializada en
delfines, considera que es la habilidad de sentir que «creo que sé
más o menos lo que estás pensando»3. Es diferente. En
cambio otros afirman que es la capacidad de «leer la mente de los
demás»4. Esto ya me parece un poco raro. La opción de
la «telepatía» acapara mucha más atención, y sus defensores son
los que más se lo creen. Vittorio Gallese, neurocientífico y
filósofo italiano, ha escrito sobre «nuestras sofisticadas
habilidades para leer la mente»5.
Yo no sé vosotros (supongo que es aquí
donde quiero llegar), pero yo no puedo leer la mente de los demás.
Como mucho podemos llegar a conjeturas fundadas, basándonos en la
experiencia y en el lenguaje corporal. Si un desconocido con pinta un
poco rara cruza la calle hacia nosotros, nuestro primer problema es
que no podemos saber en qué están pensando. Si definimos la «teoría
de la mente» como la aceptación de que alguien puede tener
pensamientos diferentes a los tuyos, entonces, de acuerdo, funciona.
Pero alegar que los humanos disponemos de unas «sofisticadas
habilidades para leer la mente» es absurdo. Precisamente por algo
preguntamos a los demás «¿qué tal?».
El término «teoría de la mente» fue
acuñado por primera vez en 1978 por unos investigadores que
estudiaban los chimpacés6. Haciendo gala de una
abrumadora falta de perspicacia para entender qué contextos podrían
resultar acertados para un chimpancé, o podrían tener algún tipo
de sentido para ellos, mostraron a los simios grabaciones de actores
humanos que intentaban alcanzar unos plátanos demasiado altos, o
escuchar música con un radiocasete desenchufado, o que tiritaban
porque la estufa no funcionaba, etcétera. Esperaban que los
chimpancés señalaran la fotografía donde se creía la solución
para demostrar que eran capaces de entender el problema del humano;
por ejemplo, «una llama para la estufa que no funcionaba». No, no
era una broma. Y si los chimpancés no seleccionaban la imagen
apropiada, los investigadores declaraban que no entendían el
problema de un actor humano en una cinta de vídeo y, por ende, no
tenían «teoría de la mente». (Bien, imagínate que eres un mono,
te meten en una habitación y te ponen un vídeo de un hombre que
tirita al lado de una estufa; y, sin que nadie te explique el
problema, el experimento o las utilidades del fuego, se espera de ti
que escojas la llama. O, que sé yo, que eres Thomas Jefferson y te
enseñan un vídeo de un tipo que intenta encender un tocadiscos
desenchufado. No tienes ni idea de qué estás viendo.) En décadas
posteriores, con muchos más estudios de por medio, los expertos en
este campo sugirieron, al fin, que podía ser que esos resultados
estuvieran sesgados por las condiciones experimentales. La ciencia
progresa. Bravo.
Hasta ahora, algunos científicos
otorgan las habilidades de la «teoría de la mente» (o sea,
reconocer que los demás pueden tener pensamientos y motivaciones
diferentes a las tuyas) a los simios y los delfines. Unos pocos,
también a los elefantes y los cuervos. Algún que otro investigador
ha admitido a los perros. Pero muchos siguen emperrados en que la
teoría de la mente es «exclusivamente humana». Incluso cuando
estaba redactando esto, la periodista científica Katherine Harmon
escribió: «En casi todas las especies animales, los científicos no
han conseguido ver ni un atisbo de pruebas»7.
¿Ni un atisbo? Yo diría que están
ciegos. Quienes no encuentran pruebas es que no prestan atención.
Frans de Waal sí que la presta. Según dice, las travesuras de los
chimpancés que se lo pasan bomba rociando con agua a los confiados
visitantes de los zoos reflejan «una vida interior compleja y
familiar»8.
Al fin y al cabo, que los
investigadores crean o no que los chimpancés, los perros, u otros
animales «tienen teoría de la mente» es lo de menos. Lo que cuenta
es: ¿qué tienen y cómo lo tienen? ¿Qué hacen nuestros perros?
¿Qué les motiva a hacerlo? En vez de empeñarnos en que simios y
perros sigan la mirada humana, será más interesante que nos
interroguemos sobre cómo se dirigen entre ellos.
A los humanos se nos da mejor
interpretar a los humanos que a los perros. A los delfines, delfines.
A los chimpancés, chimpancés. Juzgamos que ese extraño con el que
nos cruzamos es bueno o malo en función de su lenguaje corporal. Lo
mismo hacen nuestros perros. Otros animales son excelentes lectores
de lenguaje corporal. Puede que se estén jugando la vida, y no
tienen la posibilidad de hacer preguntas. Maddox, nuestra mapache
huérfana (la alimentamos con biberón desde pequeña, pero nunca
vivió en una jaula, siempre al aire libre), captaba mis pensamientos
en cuanto se me ocurrían, sin que yo me diese cuenta de qué pista
podía estar facilitándole. Por ejemplo, de pronto se erizaba y me
daba la espalda, y coincidía que yo acababa de pensar que era hora
de dejar de jugar y sacarla de la cocina. Me gustaba hacer bromas con
que tenía una mapache adivina. (Puede que el modo en cómo la miraba
tuviera algo que ver, pero el caso es que no se le escapaba nada. Ni
a sus dientes, por cierto.)
Si observas cómo los animales en
libertad se enfrentan al mundo en sus propios términos, descubrirás
la riqueza de sus habilidades mentales. Puedes empezar por esos que
corretean cerca de tu casa, te miran con ojos suplicantes y aguardan
tu respuesta.
Preparo el café por la mañana.
Como hace un poco de frío, abro la persiana y cierro la
contraventana; suena el teléfono, respondo. Chula sigue todos mis
movimientos, busca en mis ojos cualquier indicio de voluntad de
interactuar, o tal vez un movimiento hacia la lata de sus galletitas.
Ella no entiende de café, ni de persianas, ni de teléfonos. Pero un
ser humano de gran parte de nuestra historia, un indio norteamericano
de una tribu virgen en 1880, o un cazador-recolector de hoy en día
tampoco entenderían lo que acabo de hacer. La diferencia entre el
loco de mi perro y Caballo Loco es que él podría haber aprendido
todo lo que he hecho (y tal vez viceversa). Pero, una vez más, no se
trata de saber si los perros son como nosotros. Se trata de saber
cómo son ellos mismos. Lo interesante es preguntar: ¿cómo son?Nuestra hija Alexandra, de veinte años,
ve a Jude, nuestro otro perro, que se acerca a la puerta mosquitera e
indica su deseo de pasar. Normalmente, nuestros perros están juntos,
ya sea dentro o fuera, pero ahora resulta que Chula ya está en casa
cuando Jude se planta frente a la puerta. Alex observa la escena y la
describe así:
«Jude gimoteaba para que lo dejase
entrar. Chula se acercó a la puerta y lo miró como diciendo:
'¡Ja!', como cuando le hace rabiar antes de empezar a jugar; luego
puso la pata sobre el pomo, pero con mucha delicadeza, igual que
haría una persona para abrir; y le abrió la puerta, se di la vuelta
y regresó al hueso ue estaba chupando. Sabía lo que hacía. Para
cuando Jude estuvo dentro, Chula ya estaba a lo suyo. Sólo se
levantó para abrir la puerta, en plan: 'Bueno, venga, pasa'. Lo más
interesante —recalca
Alex— fue
cómo le abrió la puerta, se dio media vuelta y regreso a sus
ocupaciones, exactamente igual que habría hecho yo misma.»
Cogemos los abrigos y Chula y Jude se alteran. Tienen la esperanza (me atrevo a decir) de que los vamos a sacar a dar una vuelta. Abro la puerta y digo «coche», salen corriendo y saltan al maletero.
Al llegar al río los soltamos. Evidentemente, les encanta. Un cisne las observa correr junto a la orilla. Pasito a paso se adentra en el agua, chapoteando lo justo para estar fuera de su alcance. Los perros se meten en el río, con el agua hasta la barriga, y le ladran. El cisne no se deja llevar por la corriente, no avanza, no huye. O no tiene intención de moverse de ese punto, o está provocando a los perros, o no logra decidirse entre retarlos y marcharse de allí. Pero no estamos en época de anidación y los cisnes no muestran comportamientos territoriales entre ellos. Parece que lo que quiere es provocar a los perros. Pero ¿para qué? No tengo ni idea de por qué se queda ahí plantado, pero supongo que él la tendrá. ¿Será ese su concepto de diversión?
Chula sospesa sus opciones de llegar
hasta el cisne. Se nota que están intentando decidir qué hacer. Se
adentra un poco más hasta que casi no toca el fondo, y se da cuenta
de que por ahí no va bien. El cisne ha entendido perfectamente que a
Chula no le saldría bien la jugada, pues la mira fijamente, a cuatro
brazadas de ella, sin mover una sola pluma. Un minuto después, los
perros parecen comprender que no van a obtener más diversión de
eso, así que chapotean hasta la orilla y se rebozan por el suelo.
El cisne no sólo acaba de demostrar
que entendía que debía mantenerse alejado de los perros, sino que
era consciente de las limitaciones de éstos para moverse dentro del
agua. Sabe utilizar el agua para protegerse desde una distancia que
en tierra habría resultado insignificante, ya que los perros lo
habrían alcanzado en dos brincos, ta vez en medio segundo. El cisne
ha demostrado teoría de la mente y dominio del medio.
Río abajo, Chula salta de nuevo al
agua, cerca de unos ánades azulones. También ellos se adentran en
aguas más profundas, pero no salen volando. A unos cien metros de
allí siguiendo la orilla, empieza el río que desemboca en el
estrecho de Long Island. Entre medias, vario centenares e porrones
bastardos (otro tipo de patos) se sumergen en busca de mejillones.
Ignoran a los perros. Pero cuando divisan cuatro humanos a lo lejos
salen volando en estampida, se alejan del río a la bahía. Y cuando
la bandada pasa sobre otros grupos de porrones y de patos havelda,
éstos también alzan el vuelo y salen huyendo despavoridos hacia el
mar.
¿Por qué un pato apenas se molesta en
chapotear para alejarse del lobo, su eterno enemigo (aunque en su
forma domesticada), y entra en pánico por la simple aparición de
seres humanos en una orilla lejana? Porque los patos entienden tanto
los límites de los perros como que los seres humanos pueden matar
desde muy lejos. Por eso. Saben que una mente humana puede tener
intención de infligir daño y poseen cierto concepto de la muerte,
el ataque o un peligro grave. Y puesto que durante millones de años
de evolución no han estado en contacto con las armas, su certera
evaluación de las distancias de seguridad que deben mantener con
perros y humanos es una habilidad adquirida y reciente. Entonces,
¿puede decirse que «tienen» teoría de la mente? Cuanto más
aparente es la variabilidad de percepciones y de comportamientos,
menos interés tiene esa pregunta. Qué hacen las aves y por qué lo
hacen; eso es lo interesante.
Cuando volvemos a casa, seco a Chula
con una toalla. Su pelo está lleno de tierra, empapado de agua
salobre. Se deja hacer, pero no le gusta. En cambio Jude, tan pronto
me ve desdoblar la toalla, viene de cabeza, meneando la cola,
soltando mordiscos al aire aleatoriamente mientras se contonea como
si fuera un fantasma de felpa. Le encanta jugar a la gallinita ciega.
Consiste en que yo le agarre y le suelte el hocico mientras él
muerde a ciegas. Si le quito la toalla, deja de mordisquear e intenta
ocultarse bajo la toalla de nuevo. A Chula este juego no le despierta
ningún interés. Como tampoco Jude cuando hace estas tonterías.
Más tarde, en el jardín que rodea
nuestra casa, los perros se persiguen en un juego totalmente
innecesario. Intentan engañarse el uno al otro mientras echan
carreras alrededor del cobertizo o de la casa. Chula intenta acelerar
para pillar a Jude, pero Jude se detiene para ver de qué lado viene
Chula. Saben lo que está pasando, da la impresión de que entienden
que el otro les intenta engañar. Eso también es «teoría de la
mente». Uno evalúa lo que piensa el otro, ambos dejan claro que
saben que pueden inducir al otro a error para hacerle creer que
aparecerá por otro lado. Puesto que se trata de un juego, tiene
tanta inteligencia como humor. (A menos que sean un par de máquinas
que interactúan, desprovistas de sensaciones ni percepciones.
Algunos insisten hasta la saciedad en que «no podemos estar
seguros». A eso me refiero con negación.)
Un perro que nunca haya visto una
pelota no se la devolverá a una persona y la depositará a sus pies.
Sin embargo, uno que ya tenga mucha experiencia, vendrá a invitarte
a jugar. Prevén el juego, elaboran un plan para iniciarlo y lo
llevan a cabo con un compañero humano que saben que lo entenderá.
Teoría de la mente.
Cualquier perro que te hace la
reverencia del juego te está invitando, a sabiendas de que puede que
aceptes. (Esta postura no es exclusivamente canina; Maddox la mapache
también nos solía comunicar sus ganas de jugar con este mismo
gesto.) Los perros y otros animales no hacen esta reverencia a un
árbol, ni a una silla, ni a ningún objeto inanimado. La primera vez
que lancé una pelota a Emi, nuestro cachorro, le hizo la reverencia
del juego. Dio por hecho que cualquier cosa que se moviera por el
suelo debía de estar viva. Sólo lo hizo una vez. Enseguida
comprendió que este nuevo objeto tan maravilloso era un ser
inanimado, del que no podía esperar ni una respuesta consciente ni
un juego voluntario. Por lo tanto, no merecía ni invitación ni
consideración, y podía morderlo, lanzarlo y golpearlo a su antojo.
En una ocasión, Chula ladró a un
perro de hormigón de tamaño real, pero ni una más; su olfato debió
de decirle que la forma la había engañado. Un perro, o un elefante,
suele validar la autenticidad de las cosas por el olor. Un perro al
que le gusta cazar conejos olisqueará muy por encima un conejo de
porcelana. Obviamente, reconoce el aspecto de conejo, pero es
demasiado listo como para que le den el cambiazo. Para un perro,
aunque tenga pinta de pato y haga cuac, a menos que huela a
pato, no lo es.
Estas anécdotas ponen de manifiesto
que los perros disponen de la astucia necesaria para discernir entre
aquello que posee una mente, y aquello que no. Teoría de la misma.
En un laboratorio no podemos meter un cisne que nada, ni a unos patos
que bucean. En lugar de «poner a prueba» a los animales en
escenarios artificiales con artilugios donde no pueden ser ellos
mismos, deberíamos limitarnos a definir el concepto que nos interesa
y después observarlos en condiciones de libertad adecuadas a sus
vidas. ¿Han demostrado entender que los demás tienen pensamientos y
hacen cosas diferentes y que también se les puede engañar? Sí.
Sucede constantemente a nuestro alrededor, veinticuatro horas al día,
siete días a la semana; salta a la vista. Pero hay que tener los
ojos abiertos. Los psicólogos y etólogos que trabajan en los
laboratorios parecen ignorar, con frecuencia, cómo funciona la
percepción en el mundo real. Cómo me gustaría que salieran,
observaran y se divirtieran un poco.
Carcajadas e ideas descabelladas
Carcajadas e ideas descabelladas
Las búsqueda de vida
inteligente en la Tierra genera no pocas carcajadas en su proceder.
Una investigadora amante de los perros grabó en vídeo durante dos
años a los perros del parque de un barrio antes de llegar a las
siguientes conclusiones. Si un perro quería jugar con otro perro que
estaba frente a él, normalmente llevaría a cabo la «invitación al
juego» (la típica reverencia: cuartos delanteros agachados y
cuatros traseros levantados). Pero si el perro con el que e can
juguetón quería retozar estaba mirando para otro lado, el juguetón
primero intentaba captar la atención el otro, por ejemplo, con una
pata o ladrando. En uno de esos momentos de avance científico, la
investigadora nos cuenta: «Parecen estar reaccionando ante estados
cognitivos específicos»9. Dicho de forma sencilla: tras
dos años analizando las grabaciones, descubrió que un perro es
capaz de distinguir la cara de culo de otro perro. Permitidme decir
esto: el trasero de un perro no es un «estado cognitivo específico».
¿Por qué no decir simplemente que los perros llaman la atención de
los demás antes de invitarles a jugar? ¿Es demasiado obvio para
parecer científico?
Tan sólo unos minutos después de
empezar a buscar literatura académica sobre la teoría de la mente,
me topé con el típico estudio reciente. Se titulaba «Sobre la
falta de pruebas que demuestren que los animales no humanos poseen
nada ni remotamente semejante a una 'teoría de la mente'» y lo
publicaba la revista Philosophical Transaction of the Royal
Society. El artículo empieza así: «La teoría de la mente
implica la capacidad de hacer inferencias válidas sobre el
comportamiento de otros agentes basándose en representaciones
abstractas y teóricas de la relación causal entre estados mentales
no observables y situaciones observables». (Traducción: mediante la
observación del comportamiento del otro, podemos hacer conjeturas
sobre lo que podría estar pensando.) Y sigue así: «Somos
completamente agnósticos (al menos para lo que aquí nos atañe)
respecto a si los estados de un organismo son modales o amodales,
discretos o continuos, simbólicos o conexionistas, o incluso
respecto a cómo logran obtener las cualidades representativas o
informativas con las que empezar. […] Por supuesto, existe un
sinfín de otros factores que también contribuyen a dar forma al
comportamiento de un organismo biológico».
Seguramente soy capaz de entender ese
estudio... pero la verdad es que no quiero.
Dos personas de la Universidad Rutgers
(en la que me doctoré, lo que me predispone a su favor) han
publicado una reseña titulada «Leer la propia mente: una teoría
cognitiva sobre la autoconsciencia». Allá vamos: «Comenzaremos
examinando la que probablemente sea la explicación más ampliamente
compartida sobre la autoconsciencia: la teoría de la teoría (TT)10.
La idea fundamental de la TT de la autoconsciencia es que el acceso
de cada uno a su propia mente depende del mismo mecanismo cognitivo
que desempeña un papel central en la atribución de estados mentales
a los demás. […] Los teóricos de la teoría defienden que la TT
está respaldada por pruebas relacionadas con el desarrollo
psicológico y las psicopatologías. […] Tras presentar nuestros
argumentos contra la TT y a favor de nuestra teoría, consideraremos
otras dos teorías de la autoconsciencia presentes en la literatura
reciente».
¡No, gracias! La teorización sobre la
teoría parece un sustituto paupérrimo frente a la observación real
de los seres vivos actuando a sus anchas.
La teoría de la mente es probablemente
el concepto al que más bombo se le ha dado en la psicología humana,
así como el aspecto más infravalorado y frecuentemente negado de
las mentes no humanas. Todos hemos estado en relaciones en las que
hemos pensado «no sé a qué atenerme con ella» o «no sé qué
esperar de él».
Como ya dijo John Locke en el siglo
XVII, «la mente de un hombre no puede penetrar el cuerpo de otro
hombre»11. El pintor Paul Gauguin escribió de su esposa
tahitiana de trece años: «Me esfuerzo por ver y pensar a través de
esta niña». Joni Mitchell cantó: «No existe la compresión, / por
mucho que puedas acercarte / al hueso, a la piel, a los ojos, a los
labios, / y aun así sentirte solo». El poeta romano Lucrecio, en lo
que W.B. Yeats calificó como «la mejor descripción del acto sexual
jamás escrita» (no digamos una buena traducción), comentó con
tono sombrío:
«Entonces se aprietan con avidez,
unen las bocas, el uno respira el aliento del otro, los dientes
contra sus labios; todo en vano, pues nada pueden arrancar de allí,
ni penentrar en el cuerpo y fundirlo con el suyo […]
Sin poder descubrir artificio que
venza su mal; así, en profundo desconcierto, sucumben a su llaga
secreta.»
«La tragedia del acto sexual —bramó
Yeats— es la virginidad
perpetua del alma». Paul Valéry, otro poeta, observó que «el
intercambio de cosas humanas entre los hombres exige que los cerebros
sean impenetrables». Alabados sean los poetas por ser buenos
científicos. El científico Nicholas Humphrey afirma: «No existen
puertas entre una consciencia y otra. Todo el mundo conoce de forma
directa sólo su propia consciencia ¡y no la de ningún otro!».
Si quiero pillarte por sorpresa o
fantasear mientras coqueteo o robarte algo, es fundamental que mi
mente sea ilegible. Cuanto más pudiésemos abrir nuestra mente a los
demás, más necesitaría nuestro cerebro encontrar la forma de
plantar cara y cerrar la puerta. Así que de acuerdo, observamos,
influimos, pero al fin y al cabo lo que hacemos es conjeturar. Eso es
lo máximo que somos capaces de hacer. Podemos escoger entre
exponernos u ocultar nuestras cartas, pero la elección es nuestra.
Los chimpancés tienen fundamentalmente
una teoría de la mente chimpancé, por decirlo de algún modo; los
delfines, de la mente delfín. Los humanos a menudo tienen
dificultades para comprender incluso las necesidades humanas y para
predecir las acciones de otras personas. Y los humanos que suponen
que los demás animales ni siquiera son conscientes (o que no tienen
en cuenta su capacidad de experiencia consciente) demuestran lo
defectuosas que son nuestras habilidades en teoría de la mente.
En Japón y en las islas Feroe hay
gente que mata delfines y calderones atravesándoles la espina dorsal
con barras de acero mientras chillan aterrorizados por el dolor y se
retuercen agonizantes. (En Japón, es ilegal matar vacas y cerdos de
una forma tan dolorosa e inhumana como en la que se mata a los
delfines.) La falta de compasión por los delfines y las ballenas
indica que la teoría de la mente de los humanos es incompleta.
Sufrimos un déficit de empatía, una falta de compasión. La
violencia y los malos tratos de unos humanos contra otros, y el
genocidio étnico o religioso están demasiado presentes en nuestro
mundo. Ningún elefante pilotará jamás un avión de pasajeros, ni
lo pilotará jamás contra el World Trade Center. Estamos capacitados
para mostrar una compasión mayor, pero no estamos totalmente a la
altura de nosotros mismos. ¿Por qué los egos humanos parecen
sentirse tan amenazados por la idea de que otros animales piensan y
sienten? ¿Es porque al reconocer la mente del otro resulta más
difícil abusar de ellos? Parecemos inacabados y a la defensiva.
Quizá ser incompletos es una de las cosas que «nos hace humanos».
Mientras que hay personas que parece
incapaces de reparar en las mentes de los animales no humanos, hay
otras que ven mentes humanoides en todas partes12.
Nuestras mentes distinguen automáticamente rostros humanoides en
cosas como las nubes, la luna o incluso la comida. Muchos creen que
las rocas, los árboles, los arroyos, los volcanes, el fuego y otras
cosas tienen pensamientos, que todas las cosas tienen mente y las
habitan espíritus que podrían actuar a nuestro favor o en nuestra
contra. A esto se le llama «pampsiquismo». La religión que deriva
de esta presuposición humana primaria es el panteísmo. Es común
entre los pueblos tribales de cazadores y recolectores, y también
permanece sana y salva en la vida moderna. En la cima del monte
Kilauea, en Hawai, he visto ofrendas de dinero y alcohol depositadas
allí por personas que piensan que los volcanes contienen un dios que
observa, concede favores y a veces actúa de forma vengativa. Si no
le prestas atención, despertarás su ira. Con un poco más de whisky
unos cuantos dólares más, flores, comida y un cerdo asado de vez en
cuando, puede que Pele, la feroz diosa del volcán, se aplaque. Y
esto ocurre en Estados Unidos, donde cualquiera puede darse una
vuelta por el centro de interpretación y aprender unas nociones de
geología volcánica. (Los guardas del parque les piden a los
visitantes que no dejen más ofrendas de comida, dinero, flores,
incienso y alcohol en Kilauea porque, en resumen, las ofrendas son
claramente más apreciadas por las ratas, las moscas y las cucarachas
que por la diosa.)13 Por lo que parece, para nosotros
creer profundamente en lo sobrenatural es de lo más natural.
«Los animales no humanos pueden llegar
a creencias basadas en pruebas —escribe
la filósofa Christine M. Korsgaard—,
pero hay que ir un paso más allá para ser el tipo de animal capaz
de preguntarse si las pruebas justifican realmente la creencia, y por
lo tanto capaz de ajustar las propias conclusiones en conecuencia»14.
Aun así, está demostrado que son muchos los humanos que son
incapaces de preguntarse si las pruebas justifican sus creencias y,
por ende, ajustar sus conclusiones. Otros animales son unos
magníficos realistas consumados. Sólo los humanos se aferran de
forma inamovible a dogmas e ideologías que muestran una total
independencia de las pruebas, aun cuando todas las pruebas defiendas
los contrario. La gran línea divisoria entre la racionalidad y la fe
depende de que algunas personas opten por la fe y no por la
racionalidad, y viceversa.
Las acciones y creencias de otros
animales se basan en la evidencia; no creen nada a menos que las
pruebas lo justifiquen. Otros animales atribuyen la consciencia sólo
a cosas que son realmente conscientes. Un perro es capaz de ladrar
para despertar a alguien que duerme en el sofá de la sala de estar,
pero jamás pedirá ayuda al propio sofá, o a un volcán.
Discriminan con facilidad las cosas vivas de los objetos inanimados e
incluso de los impostores. Es cierto, algunos señuelos y llamadas
empleados por hábiles cazadores engañan a los patos que pasan hasta
el punto de lograr que se desvíen y se pongan a tiro de escopeta,
pero la estratagema ha de ser muy elaborado o, de lo contrario,
funcionaría. Los peces pueden resultar muy difíciles de engañar,
incluso con cebos artificiales diseñados para tener el mismo aspecto
y actuar de la misma forma que el reclamo real.
Hace años, mientras trabajaba en una
investigación que implicaba el etiquetado de halcones migratorios,
logré atraer a los halcones hasta mi red con estorninos vivos
amarrados. A los asustados estorninos no les gustó mi invento, ni a
mi tampoco, así que até un estornino de trapo a una cuerda, con las
alas en posición de vuelo, detrás de la red. Es obvio que, en la
naturaleza, absolutamente cualquier cosa que parezca un pájaro, esté
cubierto de plumas, tenga un ojo reluciente y se mueva de arriba
abajo es un pájaro. Aun así, el ave de trapo jamás engañó ni a
un solo halcón; todos lo calaron con un simple vistazo, adivinaron
que no era real y no le hicieron caso. Es algo impresionante. Otros
animales son extraordinariamente hábiles a la hora de identificar y
reaccionar ante depredadores, rivales y amigos. Nunca actúan como si
creyesen que los ríos a los árboles están habitados por espíritus
que vigilan. De todas estas formas, los demás animales demuestran
sin parar que tienen los conocimientos básicos para saber no sólo
que viven en un mundo rebosante de otras mentes, sino también cuáles
son los límites de éstas. Su capacidad de comprensión parece más
perspicaz, pragmática y, francamente, mejor que la nuestra a la hora
de distinguir lo falso de lo real.
Por lo que me pregunto: ¿tienen
realmente los humanos una teoría de la mente más desarrollada que
la del resto de animales? Las personas que ven unos dibujos animados
en los que no aparece nada más que un círculo y un triángulo que
se mueven e interactúan casi siempre infieren una historia, en la
que aparecen motivos, personalidades y géneros. Los niños les
hablan a los muñecos durante años, creyendo a medias (o del todo)
que el muñeco oye y siente y es un confidente de fiar. Muchos
adultos les rezan a estatuas, creyendo con fervor que los escuchan.
Cuando era adolescente, nuestros vecinos de al lado (estadounidenses
nacidos y criados en Nueva York) tenían estatuilllas religiosas en
todas las habitaciones excepto en su dormitorio, para evitar que la
Virgen fuese testigo de la lujuria humana. Todo esto indica una
extendida incapacidad humana a la hora de distinguir las mentes
conscientes de los objetos inanimados, y la evidencia del disparate.
Los niños hablan a menudo con un amigo
totalmente imaginario que ellos creen que escucha y piensa. El
monoteísmo podría ser la versión adulta. Poblamos nuestro mundo de
fuerzas y seres conscientes imaginarios, buenos y malos. Hoy día, la
mayor parte de las personas cree contar con la ayuda o las trabas de
familiares fallecidos, ángeles, santos, guías espirituales,
demonios y dioses. En las sociedades tecnológicamente más avanzadas
y más informadas, la mayoría de las personas da por descontado que
hay espíritus incorpóreos que las vigilan, las juzgan y actúan
sobre ellas. Casi todos los lideres de las naciones modernas confían
en la posibilidad de pedirle a un dios celestial que proteja a su
país durante los desastres naturales y los conflictos con otras
naciones.
Todo esto no es más que una teoría de
la mente desbocada, como una manguera antiincendios descontrolada,
que rocía a todo el universo de una supuesta consciencia. La teoría
de la mente pretendidamente superior de los humanos es en parte una
patología. La tan trillada expresión «los humanos son seres
racionales» es probablemente la mayor verdad a medias sobre nosotros
mismos. Existe en la naturaleza una sensatez preponderante y a
menudo, en la humanidad, una insensatez que la desautoriza. Nosotros,
de entre todos los animales, somos los que con más frecuencia nos
mostramos irracionales, tergiversadores, ilusos e inquietos.
Aun así, también me pregunto: ¿es
también nuestra capacidad patológica para generar creencias falsas,
para elucubrar sobre lo que no existe, el verdadero origen de la
creatividad humana? ¿Es nuestra tendencia a imaginar, e incluso a
aferrarnos a lo falso, la base de todo nuestro espíritu inventor?
Quizá el creer en cosas falsas sea un
aspecto indisociable de nuestra peculiar y curiosamente brillante
capacidad de concebir lo que aún no existe, y de imaginar un mundo
mejor. Nadie ha explicado de dónde surge la creatividad, pero
algunas mentes humanas lanzan chispazos de ideas nuevas, como un tren
con una rueda atascada. No es la racionalidad lo que es
exclusivamente humano, sino la irracionalidad, la capacidad
fundamental de concebir lo que no existe y de perseguir ideas
imposibles.
Tal vez otros animales no tengan que
manipular la lógica porque sus acciones son lógicas. No necesitan
herramientas porque son autosuficientes con sus capacidades
particulares. Tal vez los humanos necesitemos la lógica y las
herramientas porque sin ellas no sabemos sobrevivir, y en cierto modo
somos incapaces de salir adelante tal como somos. Tal vez todo esto
se intuya en la historia de la caída de Adán, el precio que hay que
pagar por pasar de ser criaturas independientes como el resto a ser
criaturas que necesitan una nueva vía para acceder a nuevos
conocimientos, de forma que, con mucho oficio y esfuerzo, nuestras
capacidades inconfundiblemente humanas puedan remediar nuestras
flaquezas inconfundiblemente humanas.
La perspectiva, compartida en diverso
grado con otros simios, perros y lobos, delfines, cuervos y unas
cuantas criaturas más, se basa en la capacidad de ver lo que no
está, o de darle la vuelta para dirigirse a casa o de esperar al
compañero que acaba de desaparecer. Quizá la profundidad de la
perspectiva humana venga con unos genes que nos conceden la habilidad
no sólo de imaginar lo que no está, sino de insistir en ello, de
sostener con fervor y perseguir creencias infundadas. ¿Qué es más
irracional que una melodía inexistente, o el sueño humano de poder
volar, o mantener fija la luz de una imagen, o capturar una actuación
musical para poder escucharla una y otra vez, o bucear en aguas
profundas y respirar bajo el agua? ¿Quién podía haber imaginado
tales cosas? Quién si no.
El el mismo lote que esa singular
capacidad de imaginar se incluye la pura genialidad y la locura
absoluta. Y puede que, más que cualquier otra cosa, lo que «nos
hace humanos» no sea más que nuestra capacidad de generar ideas
descabelladas.
Carl Safina, 2015.
REFERENCIAS
REFERENCIAS
1 Udell, M.A.R. «Wolves Outperform
Dogs...», pp. 1767-73.
2 Conversación personal con la
experta en autismo Noami Angoff Chedd, 2014.
3 Reiss, D., Dolphin in the
Mirror, p. 185.
4 Call, J. y Tomasello, M. (2008):
«Does the Chimpanzee Have a Theory of Mind? 30 Years Later», Trends
in Cognitive Sciences, 12(5), pp. 187-92. Véase también Whiten,
A. (1996): «When Does Smart Behaviour-Reading Become Mind-Reading?»
en Theories of Theories of Mind, editado por Carruthers, P. y
Smith, P.K., Nueva York, Cambridge University Press, pp. 277-92.
5 Gallese, V. (2007): «Before and
Below 'Theory of Mind': Embodied Simulation and the Neural Correlates
of Social Cognition», Philosophical Transactions of the Royal
Society B. 362 (1480), pp. 659-69.
6 Premack, D. y Woodruff, G.
(1978): «Does the Chimpanzee Have a Theory of Mind?», Behavioral
and Brain Sciences, 1(4), pp. 515-26.
7 Harmon, K. (2012): «The Social
Genius of Animals», Scientific American Mind, 23, pp. 66-71.
8 De Waal, F., Primates and
Philosophers, p. 67.
9 Harmon, K. (2012): «The Social
Genius of Animals», Scientific American Mind, 23, pp. 66-71.
Véase también Horowitz, A. (2011): «Theory of Mind in Dogs?»
Learning and Behavior, 39(4), pp. 314-17.
10 Nichols, S. y Stich, S. (2005):
«Reading One's Own Mind: A Cognitive Theory of Self-Awareness», en
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Ezcurdia, R. Stainton y C. Viger, pp. 297-339. Canadá: University of
Calgary Press.
11 Citado en Humphrey, N. (2007):
«The Society of Selves», Philosophical Transactions of the Royal
Society B, 362, pp. 745-54.
12 Berrett, L., P. Henzi y D.
Rendall (2007): «Social Brains, Simple Minds: Does Social Complexity
Really Require Cognitive Complexity?», Philosophical Transactions
of the Royal Society B, 362, pp. 561-75.
13 Associated Press (2007): «Hawaii
Aims to Deter Volcano Offerings», Washington Post, 21 de
abril.
14 «Morality and the
Distinctiveness of Human Action»,
en De Waal, F., Primates and Philosophers, p. 114.
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Fuente original: Mentes maravillosas
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Fuente original: Mentes maravillosas
